El metal precioso cerró 2025 con el mayor avance anual en más de 40 años y consolida su rol como activo refugio en un contexto de incertidumbre global. La fuerte demanda de bancos centrales, el regreso de los flujos financieros y la tensión geopolítica alimentan proyecciones que ubican al oro por encima de los USD 5.000 por onza hacia 2026.
Durante 2025, el mercado del oro mostró una fortaleza excepcional. Tras registrar el mayor avance anual en más de cuatro décadas, analistas internacionales coinciden en que el repunte no marca el final del ciclo alcista, sino el inicio de una nueva etapa que podría llevar el precio del metal a superar los USD 5.000 por onza troy en 2026.
En lo que va del año, el oro acumuló un rendimiento superior al 20% y superó los USD 2.400 por onza en diciembre, configurando el mayor crecimiento anual desde 1979. El paralelismo histórico no pasa desapercibido: aquel año, el metal se disparó tras la segunda crisis del petróleo, en un contexto de alta inflación y pérdida de confianza en el dólar. Para muchos inversores, el escenario actual presenta similitudes claras.
La consultora londinense Metals Focus revisó al alza sus proyecciones y estima que el oro podría ubicarse entre USD 4.400 y USD 5.300 por onza hacia finales de 2026. El principal motor de esta tendencia es la fuerte y sostenida demanda de los bancos centrales, que buscan diversificar reservas en un contexto de creciente fragmentación financiera global. El informe destaca que, incluso con tasas reales más estables y presiones inflacionarias parcialmente contenidas, el atractivo del oro se mantiene, consolidándose como activo estratégico frente a escenarios de dislocación sistémica.
En la misma línea, Bank of America señaló que el metal dejó de ser únicamente una cobertura contra la inflación para transformarse en un resguardo frente a la incertidumbre geopolítica. Las compras netas de bancos centrales —lideradas por China, India y Turquía— alcanzaron niveles récord, reduciendo la oferta disponible en el mercado secundario y presionando al alza los precios spot.
A este fenómeno se suma el regreso de los flujos hacia los ETFs respaldados en oro, tras un período de estancamiento entre 2023 y 2024. La reactivación responde a la búsqueda de activos refugio en un año marcado por conflictos en Medio Oriente, tensiones entre potencias asiáticas y una elevada incertidumbre política en Estados Unidos y Europa. El oro recuperó así un rol central en las estrategias de diversificación de carteras institucionales.
Un rasgo distintivo del ciclo actual es que el impulso no proviene del consumo tradicional —como la joyería— sino de una demanda netamente institucional y estratégica. La menor participación del sector joyero, especialmente en India y el sudeste asiático, contrasta con el dinamismo de bancos centrales y grandes fondos, lo que sugiere un cambio estructural en el perfil del comprador.
También resulta llamativa la relación atípica con el dólar estadounidense. Pese a episodios de fortaleza del billete verde, el oro sostuvo su tendencia alcista, rompiendo la correlación negativa histórica y reforzando la idea de que su demanda responde cada vez más a riesgos sistémicos globales que a variables tradicionales.
Para la industria minera, las implicancias son significativas. Un precio sostenido por encima de los USD 2.400 —y proyecciones cercanas a los USD 5.000— mejora sustancialmente la rentabilidad de proyectos que hasta hace poco eran considerados marginales. En regiones con fuerte presencia minera, como América Latina, África Occidental y Canadá, el nuevo escenario podría impulsar una ola de inversiones en exploración, reapertura de minas y expansión de operaciones existentes.
En el caso de México, cuarto productor mundial de oro, el potencial es considerable. El país cuenta con infraestructura minera consolidada y recursos probados, aunque la certidumbre regulatoria y la seguridad jurídica serán determinantes para captar capital en un contexto altamente competitivo. Desde la Cámara Minera de México (Camimex) advierten que el ciclo de precios representa una oportunidad estratégica, siempre que se acompañe con políticas públicas alineadas a estándares internacionales.
Si bien el avance hacia los USD 5.000 por onza no está exento de riesgos —dada la volatilidad propia de los commodities y la influencia de la política monetaria de la Reserva Federal—, el consenso del mercado indica que, mientras persista la incertidumbre global, el oro seguirá ocupando un lugar central como activo de preservación de valor.
En síntesis, el desempeño del oro en 2025 no parece un episodio aislado, sino la señal de una reconfiguración más profunda de su rol en la arquitectura financiera global. Para la minería, el nuevo ciclo abre una ventana de oportunidad única, en un contexto donde los metales vuelven a ocupar un lugar prioritario en la agenda económica internacional.


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