Que la Argentina es un país con un potencial de energías renovable increíble es una verdad incuestionable. Y, sin embargo, sólo el 1,4 por ciento de la matriz tiene ese origen. Por una ley de 2006, se suponía que para 2016 el 8 por ciento del parque eléctrico iba a ser generado de manera limpia, pero la industria nunca consiguió arrancar, lo cual se convirtió en otra frustración nacional. El Congreso acaba de aprobar una nueva legislación que estira los plazos a fines de 2017 para conseguir el objetivo del 8 por ciento, y del 20 por ciento para 2025. ¿Funcionará esta vez?
La nueva norma, conocida como la “Ley Guinle”, en referencia a Marcelo Guinle, senador por Chubut del Frente para la Victoria, se aprobó con el voto de la oposición, lo que en tiempo electoral habla del hambre que existe en todo el espectro político por el despegue de este tipo de energías. Sin embargo, todos los actores –desde las cámaras del sector hasta los autores de la legislación– afirman que la clave para su éxito está ahora en manos del Poder Ejecutivo, que tiene que reglamentarla rápido y ejecutarla, según publicó Clarín.
La Argentina puede producir energía eólica en el 70 por ciento de su territorio (los vientos de la Patagonia son los mejores del mundo), tiene en el NOA y Cuyo una radiación solar equiparable al desierto del Sahara, posee capacidad de generación geotérmica varios puntos de la cordillera y maremotriz en la Costa Atlántica, y –como si esto fuera poco– es dueña de un enorme sector agropecuario que le da imperdibles oportunidades con la biomasa. ¿Por qué tuvimos que pagar fortunas importando combustibles, lo que condicionó toda la economía?
Hoy, el 87 por ciento de la matriz energética es fósil, lo que no sólo resulta caro sino que ensucia la atmósfera en tiempos de crisis climática. En cambio, Chile se está convirtiendo en una potencia solar y Brasil planea ser una potencia eólica. Incluso Uruguay ha apostado (y ganado) con el viento.
