El CEO de Glencore, Gary Nagle, busca capitalizar la mejora en la valuación de su compañía para retomar el diálogo en agosto. El objetivo es crear un gigante global con dominio absoluto en el mercado del cobre y la comercialización de materias primas.
El tablero minero mundial vuelve a agitarse. Tras el fracaso de las negociaciones en febrero, Glencore ha comenzado a preparar el terreno para un nuevo acercamiento con Rio Tinto. La estrategia, impulsada por su director ejecutivo Gary Nagle, apunta a conformar el mayor grupo minero del planeta, combinando la capacidad extractiva de Rio Tinto con la red comercial y el portafolio de cobre de Glencore.
El optimismo de Nagle se fundamenta en un cambio reciente en las condiciones del mercado. Desde principios de enero, el precio del carbón y las acciones de Glencore han subido un 26%, mientras que Rio Tinto solo avanzó un 9%, afectada por la debilidad del mineral de hierro. Este ajuste eleva la participación de Glencore en una hipotética fusión al 35% del valor combinado, acercándose al 40% que la compañía pretende para tener un control relativo de la nueva entidad.
El cobre y la lógica industrial detrás del acuerdo
La persistencia de Glencore no es casual. La compañía proyecta producir 1,6 millones de toneladas de cobre para 2035, un mineral crítico para la transición energética y la demanda de los centros de datos. La unión de ambas firmas permitiría:
- Aceleración de proyectos: Una mayor escala financiera para afrontar proyectos de cobre complejos y de largo plazo, como los desarrollos que Glencore posee en Argentina.
- Poder de comercialización: Integrar el brazo comercial de Glencore, que ofrece información de mercado privilegiada y una red logística global única en el sector.
- Diversificación de cartera: Sumar la base operativa de Rio Tinto en hierro, aluminio y litio.
Los obstáculos: carbón y gobernanza
Pese a la lógica financiera, el camino hacia un acuerdo enfrenta barreras significativas. La principal es el carbón. Rio Tinto abandonó este mineral en 2018 para posicionarse como una minera «verde». Reincorporar activos de carbón a su portafolio —un negocio que hoy es el motor de la valuación de Glencore— generaría un fuerte rechazo entre los inversores australianos y dañaría su narrativa ESG (ambiental, social y de gobernanza).
A esto se suman las preocupaciones sobre el historial de Glencore. Importantes fondos de inversión australianos han expresado sus dudas respecto al gobierno corporativo de la empresa suiza, recordando pasadas investigaciones por corrupción. Dado que Australia aporta más de la mitad de las utilidades de Rio Tinto, cualquier operación necesitará un respaldo político y accionario sólido en ese país.
Impacto regional en América Latina
Para Sudamérica, y especialmente para Argentina, una fusión de esta escala podría ser un catalizador de inversiones. Glencore ya apuesta por el crecimiento en la región con sus proyectos de cobre; una empresa con mayor balance y tolerancia al riesgo geológico podría acelerar la puesta en marcha de estas minas, dinamizando el empleo técnico y las compras industriales locales.
Aunque el código británico de fusiones impide retomar conversaciones formales antes de agosto, la señal de fondo es inequívoca: el sector minero está en una fase de reordenamiento donde el tamaño y el control de los metales estratégicos dominan la agenda. Por ahora, el trato está en pausa, pero la disputa por el liderazgo de la minería de la próxima década sigue abierta.


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