Con una suba histórica del 65% en 2025, el oro volvió a encender el interés por la minería argentina. El reinicio de Casposo y Hualilán en San Juan marca el regreso de proyectos medianos y reabre una ventana para el desembarco de capitales nacionales en el sector.
El oro se consolidó en 2025 como uno de los activos más destacados a nivel global. Con una suba del 65%, el metal precioso registró su mayor crecimiento anual en 46 años y cerró el ejercicio cerca de sus máximos históricos. Ese contexto internacional favorable comenzó a tener efectos concretos en la minería argentina, particularmente en San Juan, donde dos proyectos medianos retomaron el camino productivo.
Durante el segundo semestre del año pasado se confirmaron dos hitos para el sector: el reinicio de Casposo y de Hualilán, dos minas de oro que ya habían estado en actividad y que volvieron a producir tras varios años de parálisis. A diferencia de los grandes yacimientos metalíferos, como Veladero o los proyectos de cobre, se trata de emprendimientos de menor escala, con requerimientos de capital más acotados y un rasgo distintivo: la participación de un inversor nacional.
Eduardo Elsztain, dueño de IRSA, decidió entre finales de 2024 y comienzos de 2025 apostar por la minería. Ingresó primero en Hualilán, donde adquirió el 12,7% de las acciones, y luego sumó participación en Casposo, además de ser clave en el acuerdo que permitirá procesar mineral del primer yacimiento en las instalaciones del segundo. La decisión se dio en un contexto de precios internacionales excepcionalmente altos y con infraestructura ya disponible.
La escala de estos proyectos explica parte de su atractivo. La inversión total estimada para Hualilán ronda los US$ 375 millones, muy por debajo de los montos que demandan los grandes emprendimientos de cobre, que van desde los US$ 560 millones hasta cifras superiores a los US$ 9.500 millones. Esta diferencia abre una oportunidad para capitales locales, que encuentran barreras de entrada más bajas y mayor capacidad de control operativo.
Según Roberto Cacciola, presidente de la Cámara Argentina de Empresas Mineras (CAEM), en esta franja “hay oportunidades por el volumen de dinero, pero también por el mayor entendimiento del marco local y el control de costos, que permiten ser más efectivos y con más chances de crecimiento viable”. El desafío, advirtió, es que hoy existen pocos yacimientos estudiados con estas características, ya que en los últimos años la exploración se concentró en grandes depósitos orientados a multinacionales.
La falta de inversión en exploración intermedia le costó al país la posibilidad de desarrollar más minas de menor escala, donde los capitales argentinos pudieran tener un rol protagónico. Con el actual impulso minero y los precios internacionales del oro, esa ventana vuelve a abrirse, junto con la posibilidad de que surjan junior mineras locales.
Casposo y Hualilán funcionan como casos testigo. Hualilán es uno de los proyectos más antiguos de la minería argentina: comenzó a producir a fines del siglo XIX y tuvo múltiples interrupciones hasta cerrar en la década del 80. Hoy, bajo el desarrollo de la australiana Challenger Gold, apunta a volver a la producción plena en 2026. Su ubicación —a 120 kilómetros de la ciudad de San Juan, en la precordillera y con acceso a rutas e infraestructura eléctrica— reduce costos y facilita su puesta en marcha.
Casposo, en tanto, inició su producción en 2011 en el departamento Calingasta y detuvo la extracción en 2018, cuando se agotó el mineral económicamente rentable. Tras años de mantenimiento y exploración, en octubre de 2025 volvió a extraer oro, apalancado en precios históricos y en el acuerdo con Hualilán para procesar mineral en una planta que aún contaba con equipamiento operativo.
El mapa minero argentino sigue dominado por capitales extranjeros en los grandes proyectos metalíferos. En provincias como Santa Cruz y San Juan, la producción de oro y plata está mayoritariamente en manos de empresas internacionales, al igual que ocurre en el litio y en los grandes desarrollos de cobre. La excepción aparece en los minerales industriales, donde predominan compañías nacionales y proyectos de menor inversión, aunque también de menores márgenes.
